Lulú Getino — Mindfulness Marino
Lulú, instructora de buceo, sonriendo con su equipo en el mar

“Todo lo que soy vive en mi interior. Mantenerme conectada siempre con mi esencia es mi brújula.”

Quién soy

Desde niña, los animales fueron mi refugio. Y también mi causa: donde fuera, yo era la que los defendía del maltrato, la que regañaba a quien los trataba mal.

A los ocho años fui a Puerto Rico y me enamoré del mar. Ahí decidí que quería ser de esas personas que salen en la tele buceando con una libreta, anotando cosas del océano.

Empecé estudiando veterinaria, pero después de cinco años decidí dejarla. Soy una persona altamente sensible (PAS) con una gran conexión con los animales: a veces siento en mi propio cuerpo lo que ellos están viviendo. Hay quien lo llama clarisentiencia. Fue muy duro. Aun así, agradezco al universo esta sensibilidad, que para mí es un don, porque me ha permitido ayudar a muchos animalitos, incluidos mis compañeros de vida. Entonces, me cambié a biología y después hice una maestría en biología marina.

Y el sueño se cumplió. Trabajé en un parque nacional marino cuidando que se respetaran las reglas, buceando cada semana, navegando en mi embarcación guardaparques. Cuidaba un pedacito de mar. Era exactamente la vida que había imaginado de niña.

Hasta que brillar ahí se volvió un problema. Yo estaba feliz y plena haciendo lo que siempre había querido, y eso incomodó a algunas personas, reflejando en ellas sus propias inseguridades. Empezaron a excluirme, a denigrarme, a desvalorizarme. Me bloqueaban el camino. Querían apagar mi luz.

Enfermaba del estómago seguido, vivía con ansiedad, y las meditaciones que hacía desde 2016 para aliviar el estrés dejaron de ser suficientes. Seguía ahí porque amaba lo que hacía, pero se volvió insostenible. Aprendí que hay que saber identificar cuándo es momento de moverse, aunque duela. Así que renuncié. Me elegí a mí.

Lo natural habría sido tomarme un tiempo, pero no paré. Eso era un duelo y no lo dejé ser. Me fui a Indonesia a hacerme instructora de buceo. Y allá se me ocurrió que, volviendo a México, abriría mi propia escuela, Ocean Love Academy, para enseñar a bucear desde otra perspectiva, cuidando el océano y la vida que lo habita.

La inauguré y una semana después llegó la pandemia y lo perdí todo.

Ahí, por fin, me detuve. No porque yo quisiera, sino porque no quedó otra. Y en esa pausa se me juntó todo el duelo que llevaba corriendo por delante. Toqué fondo.

Volví a casa de mi mamá y poco después ella enfermó, la cuidé hasta el final.

Cuando murió, me quedé sin piso. La ciencia, en la que siempre me había refugiado para entender el mundo, no tuvo lugar ahí. El yoga y la meditación se volvieron mi nuevo refugio, y esa vez no medité para aguantar: me metí a estudiarlos a fondo, durante un año y medio. No para enseñar, sino para entender lo que hay más allá de la vida.

Lulú meditando junto a un estanque en el Jardín Botánico

Fue una experiencia dura y, al mismo tiempo, hermosa. Ahí desperté espiritualmente. Me di cuenta de que mi esencia va más allá de mi cuerpo físico, y pude sentirme parte del amor universal a través de una experiencia que se llama samadhi.

Eso me cambió. Entendí que cada cosa que había vivido me dejó un aprendizaje, y que juntos me dieron resiliencia para lo que viniera. Entendí que los animales y el mar siempre fueron mis maestros, porque aprendí a interpretarlos. Y entendí que mi sensibilidad, esa que antes me hacía sufrir, en realidad es una guía muy precisa para moverme por el mundo.

Mantener el contacto con mi interior ha sido siempre mi punto de partida. Eso para mí es escucharme, ir a mi propio ritmo y no traicionar lo que soy por complacer a los demás.

De ahí nació Mindfulness Marino. Es la representación de todos los maestros que he tenido, y gracias a ellos hoy puedo decir que vivo plena, feliz y en calma.

Y eso es lo que quiero transmitirte: lo que el mar, los animales, el yoga, la meditación y la ciencia me han enseñado.

Estrella de mar mostrando el detalle de sus brazos y su disco central

Reflexión

La estrella de mar

La estrella de mar tiene un centro, un disco del que nacen todos sus brazos, y ahí está su centro vital, lo que la mantiene viva. Si pierde un brazo, o varios, puede volver a formarse entera, siempre que ese centro siga en buen estado.

Su recuperación es lenta. La regeneración le toma meses, a veces un año, y durante todo ese tiempo necesita alimentarse bien, porque volver a crecer cuesta energía.

Y cuando por fin está completa otra vez, no es la misma de antes. Es una estrella distinta, que ya sabe reconstruirse.

Contigo pasa igual. Hay situaciones que te hieren, y recuperarte va a tomar su tiempo. Vas a necesitar cuidarte mientras sucede, y cuidarte es cuidar tu centro: tu esencia. Decidir parar, sentir y descifrar lo que esa experiencia vino a enseñarte.

Casi siempre añoramos a quien fuimos antes. Pero si te has dado el tiempo de escucharte y cuidar tu interior, la persona que eres ahora está más completa que la que extrañas. Más conectada contigo, con tu esencia y con tus dones, y con más capacidad de compartirlos con el mundo.

Cuando estés pasando por algo difícil, acuérdate de la estrella de mar. Ser vulnerable es parte del proceso, y es transitorio. Vas a restaurarte desde la fuerza de tu ser. Y lo que renazca, como está alineado con tu verdadero yo, te hará brillar desde el corazón.

Mandala del tiburón ballena para colorear

Empieza hoy, con algo pequeño

Para esos momentos en los que necesitas regular tu mente.

Te regalo un mandala marino que se usa junto con un mantra muy especial: colorear con presencia e intención te ayuda a anclar tu atención y volver al presente con colores.

Adentro encontrarás las instrucciones para practicarlo.

Recibirás tu práctica. Si quieres, también te escribo:

Te enviaré un correo para confirmar tu dirección, y en cuanto la confirmes recibirás tu práctica. Si marcaste alguna casilla, también te escribiré sobre lo que elegiste, y puedes darte de baja cuando quieras.

Aviso de privacidad